Chapter 23
«Trenes.» Ésa era la respuesta. Tenía que serlo. Lo habíamos tenido justo delante, y aun así habíamos conseguido pasarlo por alto.
Ante la mirada curiosa de Kevin, bajé de la cama y me aposenté delante del ordenador. Seguíamos conectados, de modo que no tardé nada en encontrar lo que buscaba. Lo único que tuve que hacer fue teclear «inscripción C.P.R.R.» para hacer una búsqueda con Google, y ahí estaba: la confirmación de que me hallaba en lo cierto.
-Central Pacific Rial Road —leyó Kevin por encima de mi hombro— ¿Y?
-El ferrocarril —aclaré—. Central. Grand Central. —Le miré expectante, pero no me captaba—. Oh, vamos, Kevin. La pista tiene que referirse a la estación Grand Central. Y quince en el número de una consigna.
-Lo dudo —dijo él, aguándome la fiesta—. Seguro que retiraron las consignas tras el Once-S.
-Pero yo he visto consignas allí, estoy casi segura. Y aunque no haya consignas, quizá tengan un servicio de custodia para las maletas, como ocurre en algunas estaciones de Europa.
-Podría tratarse de un número de tren, un número de andén o una decena de cosas más.
Ya, él tenía razón. Debía admitir que toda mi teoría sonaba más débil ahora que la había pronunciado en voz alta. Pero en ese momento era la única con la que contaba, y tenía intención de aferrarme a ella como a un clavo ardiendo. Como mínimo, iba a registrar Grand Central.
Nos vestimos en un abrir y cerrar de ojos. Cogí mi bolso y Kevin el ordenador —por si acaso— y nos precipitamos hacia el pasillo. En cuanto llegamos al ascensor sus puertas se abrieron. Automáticamente, examine cada rostro en busca del de Lautner.
Apenas las puertas volvieron a abrirse en la primera planta, Kevin me cogió del hombro y me hizo a un lado para dejar que el resto de la gente saliera primero. Después él dio un paso adelante y miró alrededor antes de salir, con su cuerpo escudándome. Por un instante imaginé como debió sentirse el cuando era famoso o como se sentían los políticos importantes, los que tienen acosadores y guardaespaldas. Hubo un breve periodo de mi vida en el que había fantaseado ser alguna celebridad muy importante en el mundo del espectáculo, pero, no sé cantar, de modo que esa posibilidad no estaba abierta para mi. En ese momento me sentí absurdamente agradecida por mi falta de talento. Si así era cómo vivían los famosos, no quería ser uno de ellos, y esa era una de las razones por las que ahora admiro más a Kevin.
Los ascensores del Plaza se abren en el área de recepción, ya que el ascensor se encuentra perpendicular al mostrador de recepción al otro lado de la sala. Salimos y yo giré a la izquierda.
Él se encontraba ahí. Justo ahí, de pie ante el mostrador, hablando con el recepcionista. No veía su rostro, pero conocía es voz, La voz que me había amenazado fuera del edificio de David. La voz que en ese preciso momento preguntaba al recepcionista en que habitación estaba registrada.
-________ _________ __________(tu nombre completo) —decía—. Me está esperando.
Me quede helada.
-Lo siento, señor. Lo he comprobado y no está registrada.
-¿Y que hay de Kevin Jonas?
Kevin apretó mi antebrazo y me hizo a un lado, apartándome de la vista de Lautner. Nos escabullimos, y salimos por el lado de Palm Court y una joyería con diamantes en el escaparate que parpadeaban como un faro para ricos y famosos.
Justo entonces Lautner apareció a la vista y parecía demasiado confundido.
Kevin debió de darse cuenta, porque se inclinó cerrando el espacio y me bloqueó la visión.
-Somos recién casados —dijo—. No podemos quitarnos las manos de encima. Bésame.
No dudé. No era el mejor disfraz, pero en ese momento no teníamos otro. Quizá confié en que Kevin me protegería. Quizá solo imaginé que, si iba a morir, al menos moriría feliz. No sabía y no analizaba. Me limité a inclinarme y dejar que él me besara.
Me gustaría relatar que el calor de su boca me colmó de tal placer que olvidé todos mis problemas, que llevaba la señal de la muerte y que estaba viviendo una pesadilla.
Pues no.
Me había proporcionado una experiencia celestial arriba en la ducha, haciéndome olvidar de todo durante unos momentos gloriosos, pero ahí abajo, con el peligro acechándome, apenas fui consiente de que nuestros labios se tocaban. Seguramente fue un beso inolvidable, más apenas lo noté. Hube de recurrir a la última pizca de fuerza que conservaba para no liberarme de las fuertes manos de Kevin y echar a correr como una loca, tan rápido y lejos de Lautner como fuera posible.
Por supuesto no lo hice, pero no tuve ni idea de cuánto duró el beso. Me pareció interminable. Y, pese a que había terminado fui desesperadamente consciente de la ausencia de sus labios. Kevin daba seguridad y , pese a que sólo se había apartado unos centímetros, de repente me sentí desprotegida.
-Vamos —dijo.
Asentí y dejé que me arrastrara por el largo del vestíbulo, con el Palm Court —ahora oscuro pero aún elegante— a nuestra derecha y las brillantes muestras de los diferentes comercios del Plaza en vitrinas de cristal a nuestra izquierda. Giramos en una esquina y Kevin se detuvo en seco. Me percate del motivo medio segundo después: Lautner se encontraba en el vestíbulo, con un cigarrillo sin encender en la mano y el ceño fruncido. Él no nos vio, pero cunado pasó pude echar un vistazo a sus ojos. Mi primera impresión había sido acertada: sus ojos eran peligrosos. Peligrosos e inquietos. Estaban disfrutando con la caza. No se limitaba a jugar, se deleitaba en ello. Él deseaba ese extraño juego. Para él, equivalía a poder. Y ¿por qué no? Él era quien cazaba, no quien llevaba tatuada una diana roja en la frente.
Pero ¿eso era todo? ¿Sólo jugaba por emoción? ¿O había algo más? ¿Qué obtenía él si ganaba? Y, respecto a eso, ¿qué obtenía yo si ganaba? La supervivencia, por supuesto. Pero tenía el presentimiento de que, en la mente de quienquiera que manejara nuestros hilos, la supervivencia no constituía un premio, sino una simple condición. Había algo esperándome al final del arco iris. En el ciberespacio sería dinero. ¿Aquí también? No lo sabía, pero pretendía vivir los suficiente para averiguarlo.
-¿No nos ha visto? —pregunte cuando Kevin me introdujo consigo en la maravillosa atmósfera del bar que se hallaba en el interior del Plaza y que dio la casualidad de encontrarse a una distancia conveniente de nuestro desagradable acechador.
-No creo —respondió Kevin, al tiempo que me conducía a través del gentío trasnochador, hacia la larga barra de madera que era el punto central de la gran estancia.
-¿Cómo nos ha encontrado? —le pregunté—. No te registraste bajo tu nombre, ¿verdad?
-No señora Johnson, no lo hice. —Se le tensó un músculo de la mandíbula—. Puede que nosotros juguemos solos, pero él no. Quienquiera que se encuentre detrás de esto, no ha estado vigilando. Probablemente no ha seguido el rastro con cada pista. El coche. El crucero.
-No han seguido hasta aquí y han informado a Lautner —añadí, llenando los blancos.
-Eso creo.
-Hijo de …… —dije—. Eso es muy injusto.
-Quédate aquí —me indicó—. Trata de pasar desapercibida. Y cuídate las espaldas.
-¿Me dejas?
-No por mucho tiempo. —Me beso la frente—. No nos ha visto, lo que significa que llevamos ventaja. Y conozco una forma segura de acabar con esto. —Se llevó la mano a la chamarra y yo capté un rápido destello de metal cuando él comprobó que llevaba su arma.
Miré alrededor, desesperada, segura de que su movimiento había hecho saltar alarmas por todo el hotel.
-No vas a…
-Directo —dijo.
Yo quise protestar, pero mantuve la boca cerrada. No tenía ningún reparo en volarle las rodillas a Lautner y pedirle información. Demonios, no tendría reparos en volarle la cabeza. En ese momento lo habría hecho yo misma de no haber estado segura de que fallaría y sólo dejaría un agujero en la pared bien pintada del Plaza. En lo que sí tenía reparos era en ver a Kevin muerto. Y Lautner ya había demostrado ser un personaje peligroso.
Sin embargo, Kevin también era peligroso. Y yo tenía la sensación de que se ofendería de verdad si le rogaba que no fuese o incluso si le decía que me sentía preocupada. No hice ninguna de las dos cosas y me limité a responder:
-Date prisa.
Él asintió, con el rostro tenso al pasarme el maletín del ordenador.
-No vayas a ninguna parte —añadió con una sonrisa sarcástica.
Y desapareció. Miré alrededor de la sala, tratando de decidir dónde instalarme. Acabé en un taburete cerca del final de la barra, con el cuerpo vuelto lo suficiente para observar la mayor parte de la zona de asientos y la entrada principal al hotel. A mi izquierda había otra entrada que se abría a la calle Cincuenta y nueve, y también contaba con una vista decente de esa zona. Mi único punto ciego se hallaba detrás de mí, donde las mesas ocupaban la esquina más alejada de la barra. Examiné los rostros durante un momento y no me relajé hasta comprobar que la gente que se hallaba a mis espaldas se encontraba allí simplemente para beber una copa, nomi sangre.
- ¿Estás bien?
Di un respingo ante la voz decididamente masculina.
- Maldita sea. —Contesté volviéndome hacia el camarero—. Me ha asustado.
-Cariño —dijo él—, parece que hasta el conejo de Pascua podría asustarte.
Hice una mueca; me temía que eso era cierto. No quería que me absorbieron en una conversación, pero tampoco deseaba irme. Le había dicho a Kevin que lo esperaría, y ésa era una promesa que pretendía mantener. Yo podía mostrarme arrogante respecto a un montón de cosas, pero respecto a pasar por esto sola no tenía ego en absoluto. Quería ayuda. Toda la ayuda que pudiese obtener.
- ¿Quieres contarme tus penas?
- No —respondí.
- ¿Estás segura? Intuyo que no te vendría mal un oído.
- ¿Qué es esto? —pregunté—. ¿Una mala comedia de televisión? ¿No tiene bebidas que preparar?
El camarero movió la mano abarcando el bar atestado de gente.
- Ya están bebiendo. Y siempre tengo un momento para una mujer bonita.
- Vaya —repuse. El tipo era o gay y hablador, o hetero y trataba de ligar conmigo. Como prueba de mi agotamiento, no logré discernir cuál de las dos cosas.
- Leighton Meester —dijo, algo tan incongruente que me devolvió a la conversación.
- ¿Qué?
- Te pareces a Leighton Meester.
Me han llamado un montón de cosas en mi vida, pero «Leighton Meester» jamás había llegado a ese extremo. Francamente, me parece que la buena de Leighton estaría poco menos que encantada con la comparación.
- Es por el cabello —añadió el camarero.
Okey, era hetero, y ésta era su idea de técnica para ligar. Yo soy de estatura y complexión normal; Leighton es un poco más alta y mucho más delgada. Mi cabello es castaño y ondulado; el de Leighton es castaño y ondulado. Tengo los ojos marrones; los de Leighton son marrones. Y aquí acaba el parecido. Un gay lo sabría; un hetero no tendría ni idea
- Nunca has visto a Leighton Meester en persona, ¿verdad? —le lancé la pregunta por encima del hombro antes de volver a recorrer la sala con la mirada, con los dedos cruzados para no encontrarme con la mirada de Lautner.
- Estuvo aquí una vez —respondió él.
- ¿La serviste tú?
- No exactamente. —Sacudió la cabeza hacia el muro de botellas que había detrás de él—. ¿Qué te pongo?
- Tequila. Solo. —Qué demonios, llevaba todo el día evitando beber y la sobriedad no me estaba ayudando. Talvez emborracharme lo hiciera.
Me sirvió un shot y me dio el ticket. Lo firmé a la cuenta de la habitación y se lo devolví. Y me quede pensando un poco más sobre el misterio de Leighton.
- ¿Has visto Gossip Girl? —le pregunté
- Claro. ¿Por qué?
Me limité a sonreír. Tal vez pudiera extraer una lección de Leighton, después de todo. Implacable. Así necesitaba mostrarme para sobrevivir: implacable de verdad. Y necesitaba comenzar a pensar de ese modo ya.
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Bien ahí esta el cap para que luego no digan que no pongo Cap. Comenten please!! y voten* “Un Crucero por el Caribe” vs, “Inalcanzable& #8221; (*Voten en el tema de las sinopsis que esta en mi blog
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besos
las quiero